Aitor Caballer: un soñador dentro, y fuera del escenario

Escritor, guardia civil, friki absoluto, mosquetero, enamorado... Aitor Caballer puede ser todo lo que se proponga, pero no porque disponga de todas estas facetas, sino gracias a la pasión que descubrió hace más de una década y que le ha brindado multitud de aventuras de toda clase: el teatro. Así, con el escenario como eje central, el artista, de 32 años, disfruta desde las dos profesiones que a día de hoy ejerce y que le hacen feliz: enseñar y actuar.

Desde pequeño ha participado en todo lo que se le ha puesto por delante: actuaciones con la falla, reuniones, playbacks... «Tengo que decir que no sé cómo llegué a esta profesión», asegura Aitor Caballer, que hoy es actor y profesor de todos los grupos de teatro municipales. El joven reconoce que el hecho de estar siempre «metido en todos los fregados» le ha llevado, de una forma u otra, a ese afán suyo por descubrir, crear, participar en todo...

Cuando le dio el venazo del teatro estaba estudiando cuarto de la ESO, y no sabía que existía una escuela municipal en Puçol. «En aquella época, muy poca gente hacía teatro aquí y la escuela no estaba muy asentada», explica el joven. Así que se apuntó a un curso en Valencia al que comenzó a acudir los sábados por la mañana. Y le encantó. Pero llegó Bachiller, y decidió apartarlo.

En aquel momento, como ocurre a la mayoría de estudiantes a punto de dar el salto a la universidad, todavía no sabía qué quería hacer con su vida. Y cuando le preguntaron... «Le dije a mi tutora que quería ser actor». La recomendación parecía lógica: «Me dijo que entrara en una carrera “al uso” y, mientras, me apuntara a una escuela o al grupo de teatro universitario». Y así lo hizo: Cuando llegó el momento de elegir, se decantó por Comunicación Audiovisual, que también le ha gustado siempre por su vinculación con la televisión.

Hizo primero, segundo... «Pero a mitad de tercero, de repente, sentí algo dentro que me decía: Haz teatro». Y haciendo caso a aquella voz interior, decidió matricularse en el grado de Arte Dramático, eso sí, mientras terminaba los dos últimos cursos de su carrera inicial. Por las mañanas iba a la Universidad Politécnica con sus nuevos estudios y, por las tardes, a Blasco Ibáñez, para continuar con su carrera inicial.

«Cuando entré en Arte Dramático me centré totalmente en aquello», recuerda Aitor, aunque se esforzó por terminar los dos últimos cursos de audiovisuales «porque ya había empezado, tenía un grupo de amigos con los que hacíamos muchas actividades...». Así, en 2011 acabó su primer grado, en 2013, el segundo y, por suerte o por talento, ese mismo mes de junio logró entrar en Aladín, un musical genial, donde continúa.

Desde entonces no ha parado de trabajar como actor. Sobre todo, en teatro musical, pero también en audiovisual, pues ha partipado en series españolas como Centro Médico o Derecho a soñar, «y en Parany, una miniserie de Á Punt con el papel de miliciano»... Además, a sus 26 años Caballer fue nominado como Actor Revelación en los Premios de Teatro Musical 2014 por su papel de Jaffar en el musical Aladín.

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Amor por Puçol

Hoy tiene 32, y... «La verdad es que estoy muy contento», asegura el intérprete, satisfecho con su trayectoria y su trabajo: «si no estoy en un sitio estoy en otro, siempre, currando mucho». Y en cierto modo, siente que tiene mucho que agradecer a Puçol: «Me ha ayudado mucho estar involucrado en los actos del pueblo», comenta Aitor, «porque, aunque he trabajado a nivel provincial y nacional, mi trayectoria en la presentación de actos y el profesorado es gracias a todo lo que he hecho aquí».

El actor asegura que siempre ha tenido el apoyo del Ayuntamiento, la Casa de Cultura, la Junta Local Fallera... «Y sobre todo de la gente», destaca: amigos y vecinos que llenaron un autobús el día que se estrenó el musical de Aladín en Villena, que abarrotan el salón de actos de la Casa de Cultura en cada evento y, en definitiva, que no se pierden una.

Todo este sentimiento de gratitud se traduce en un enorme empeño por aportar su granito —o más bien, su montón— de arena a impulsar el teatro local. Lo hace desde varias agrupaciones.

Primero, desde Huit Teatre, uno de los talleres que organiza el Área de Bienestar Social. Comenzó en 2013 y, cuando llegó Caballer como profesor, eran 12 mujeres. «Hoy son 35», destaca el actor.

El curso dura de octubre hasta marzo, por lo que, desde el primer día, las alumnas se dedican a practicar la obra de teatro que realizan cada año en torno al día 8 de marzo. Y las escribe Aitor, pues el artista asegura no encontrar obras escritas con tantos papeles femeninos. «La temática no puede ser banal, debe tener un trasfondo», comenta. El mensaje de este año ha sido claro: La belleza está en el interior y uno se debe querer tal y como es.

«Para mí, esta ha sido la mejor», pues tal y como explica el profesor, en todas las obras suele haber alguna intervención cuyo fin es para que alguna alumna pueda participar, o hay otros puntos flojos. «Este año ha quedado redonda», asegura Aitor, que la escribió mientras estaba de gira con el musical Aladín, sacando huecos entre ensayos y actuaciones.

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Caballer también dirige la Escuela Municipal de Teatro desde 2017, tras ganar un concurso público. Y, desde entonces, esta no ha parado de crecer. «Empecé con tres grupos reducidos: uno de alumnos de Primaria, uno de preadolescentes y también se acabó formando uno de adultos», recuerda.

Tres años después, la escuela cuenta ya con cinco grupos al borde del colapso: Uno de Primaria, otro de primer ciclo de la ESO, dos del segundo ciclo y Bachillerato y otros dos grupos de adultos. En total, casi 70 personas.

En definitiva, «en Puçol hay muchas personas haciendo teatro desde los últimos años», apunta Aitor: «Se ha ido pasando la voz y cada vez se apunta más gente». Pero también crece la afición, que llena la Casa de Cultura cada vez que se hace una obra.

«Para mí es guay y reconfortante saber que la gente hace teatro porque se lo pasa bien conmigo», asegura el director, que destaca la satisfactoria sensación de ver el progreso continuo en los propios alumnos de la escuela y de Huit Teatre. Incluso entre aquellos que se apuntaron por recomendación de un especialista para superar la vergüenza. «Te das cuenta de que el teatro va más allá de pasarlo bien: tiene una parte emocional que a la gente le transforma».

El lujo de poder ser una lechuga

Lo consigue mediante juegos, improvisación, baile, obras... «A los más pequeños les digo: venga, subasta de prendas», cuenta el profesor, que explica que ellos mismos deben inventar quiénes son, caracterizarse de esa manera y explicar por qué van así vestidos. «O les doy una manzana y les digo, a ver qué haces con esto que no sea una manzana», comenta riéndose. Otra técnica es, por ejemplo, poner a los alumnos ante situaciones concretas y animarles a superar un problema.

«Lo más guay es permitirte el lujo de hacer cosas absurdas que no harías en tu día a día, y a partir de ahí, divertirte», explica, «sabiendo que acabas de ser una lechuga que hablaba». Eso es el teatro, según él: tener la oportunidad de viajar y conocer vida más allá de nuestro día a día. «Es jugar, descubrir, ser, porque de repente no eres tú, eres otra persona que cuenta una historia», explica: «yo estoy en un escenario y, buf, es brutal, de verdad».

Todo esto hace que el más vergonzoso no participe, pero vea cómo lo hace la más espontánea, tal y como cuenta el profesor, de modo que los niños pierden la vergüenza, se acostumbran a hablar en público y, en definitiva, mejoran sus habilidades de socialización. «Yo veo la evolución en los alumnos y creo que la gente que suele acudir a las obras de teatro también puede verla».

Y la gente, claro está, lo agradece. Por ejemplo, cuando la madre de una alumna le comenta que su hijo está encantado con él, o un padre le dice que su hija ha mejorado capacidad de relaciones sociales. Caballer asegura sentir presión positiva en estos casos porque, «podría dedicarme a coordinar la escuela y contratar profesores», asegura, pero «cuando te lo agradecen, dan ganas de continuar».

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El desafío de soñar

Y espera seguir haciéndolo mientras pueda mantener la concesión municipal, «porque la verdad es que me encanta, pero nunca sabes qué puede pasar». De momento la incertidumbre ha golpeado de manera inesperada este curso: «no sabemos si podremos terminarlo de manera física», algo complicado, pero se puede hacer «si pones un poco de ganas y te lo curras el doble».

Y es que el nuevo reto ha llegado de la mano del Covid-19 y el estado de alarma, pues las clases se están impartiendo en modalidad virtual y, «evidentemente, hacer teatro por una pantalla es muy complicado», además del hecho de que algunos alumnos no manejan bien la tecnología.

La misma incertidumbre que afecta al curso impregna el futuro del actor, que asegura tener «un abanico de posibilidades muy grade». Porque nunca para: además de su participación en series y musicales, y de su afán por enseñar y coordinar los grupos municipales, Aitor Caballer estudia un máster de gestión cultural. «Lo hago porque me gusta», pero explica que sobre todo le encantaría trabajar como actor en grandes proyectos audiovisuales y teatrales a nivel nacional e internacional.

Asegura que, si no lo consigue, va a ser igual de feliz impartiendo clases en Puçol, su tierra natal, pero que desea intentarlo. «Aunque es difícil, nadie lo va a hacer por mí y, ya que me flipo... Me flipo a lo grande».

Algo propio de un artista que alienta a los demás a soñar sobre el escenario... Y también fuera de él.

Informa: Irene Mollá | Fotos: Sabín

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